Joaquín Rodríguez fue crítico de cine y actor. Además de uno de los editores del proyecto Primer Plano, revista dedicada al séptimo arte. Fue asesor de programación para el Festival Internacional de Cine de Morelia.


Desde la butaca: cinco cineastas mexicanos

 

Desde la diversidad estética y creativa, César García, Kenya Márquez, Emilio Portes, Matías Meyer y Nicolás Pereda, ofrecen una perspectiva personal del cine mexicano reciente y trazan, desde las riberas del cine minimalista hasta las propuestas dirigidas a un público más amplio, un panorama reflexivo acerca de la industria cinematográfica.

 

KENYA MÁRQUEZ: FECHA DE CADUCIDAD

La tapatía Kenya Márquez, quien durante tres años fuera directora del Festival de Cine de Guadalajara, ha debido transitar caminos similares a los de César García, ya que nunca ha sido beneficiaria de esquemas generosos. Para terminar su primer largometraje de ficción, Fecha de caducidad, protagonizado por Damián Alcázar y Ana Ofelia Murgía, Márquez apunta: “He trabajado de manera absolutamente independiente. Mi película es de bajo presupuesto, en cooperativa, y con apoyos del Estado de Jalisco, del Ayuntamiento y de la Universidad de Guadalajara. No tengo participación del imcine, y no recurrí al Artículo 226 porque ese es un apoyo elitista. Depende de si conoces a un empresario rico, de cómo y con quién estás contactado, y luego de si tu proyecto tiene un atractivo más o menos comercial.”

Márquez, que ha concluido con éxito anteriormente tres cortos y un largometraje documental, asegura también que “para el cineasta que vive en el interior de la república la situación es aún más compleja que para los que radican en la ciudad de México. Tienes que viajar constantemente al centro del país porque ahí es donde están los servicios de producción. Sigue persistiendo la centralización, por lo menos en este campo. En el D.F. se tiene que hacer el sesenta por ciento de los procesos de posproducción.”
Respecto a la situación actual por la que atraviesa la producción de cine en México, la directora hace clara su alarma al asegurar que: “Está tremendo. Hay demasiados proyectos en el limbo porque no hay dinero para producirlos y los apoyos que existen no son suficientes. Yo tardé diez años en levantar el mío, y hoy, que ya está terminado, debo el sesenta por ciento de lo que costó. Luego terminas y no puedes empezar otro hasta que no finiquitas el pago de la anterior. Es un círculo vicioso. Nunca recuperas tu inversión.”

 

CÉSAR GARCÍA Y EL COLECTIVO MOVIMIENTO

 

Originario de Cuernavaca, César García es un loable ejemplo de perseverancia y disposición al riesgo. Desde el año 2002 encabeza el Colectivo Movimiento, junto con otros cinco integrantes.

 

Hasta la fecha han producido   veinticinco cortometrajes y cuatro largometrajes (tres de ellos documentales); el más reciente, en proceso de pos- producción, es una ficción titulada Nahuales, dirigida por García.

Sobre el origen del Colectivo, César apunta que “nació como una alternativa para proyectar trabajos escolares y que alguien los viera. El chiste era mostrar lo que se hacía. Y como queríamos seguir haciendo funciones, por eso lo bautizamos como Movimiento, para darle continuidad al proyecto. Poco después decidimos que bajo ese nombre podíamos producir nuestras cosas.”
Sobre el origen de los fondos que les han permitido mantenerse activos, César confiesa que “los primeros años fuimos totalmente independientes. El poco dinero que teníamos lo poníamos nosotros. Todo se hacía con equipo prestado y sin pagarle a nadie. Quien prestaba una cámara se convertía en coproductor. Luego, algún tiempo después, descubrimos que había becas y comenzamos a solicitarlas. La primera que nos dieron fue por 60 mil pesos y la verdad es que se nos hacía mucho dinero y no sabíamos qué hacer con él. También así aprendimos a profesionalizar nuestro trabajo, pagar sueldos e invertir en la posproducción. Podríamos decir que al principio trabajábamos con formatos ingenuos de producción.”
Luego de varios premios y reconocimientos, la difusión de su trabajo en canales como el 11 y el 22, y el viaje constante a festivales, César García y el Colectivo Movimiento han evolucionado hasta alcanzar lo que él considera “una seriedad como organización. Nunca hemos hecho dinero, pero el objetivo principal sigue siendo la difusión.”
Ahora, justo en el proceso de concluir el largometraje Nahuales, una docuficción de temática indígena, César reflexiona que una de las constantes en el trabajo del Colectivo Movimiento, es que “las películas salen adelante por el factor de la amistad”.

EMILIO PORTES Y PASTORELA: UNA APUESTA DIRIGIDA AL PÚBLICO

A diferencia de muchas propuestas que parecen consolarse con la perspectiva de la sola exposición en festivales y circuitos alter-nativos, Emilio Portes ha decidido jugársela con algo que parece mayormente perdido en el cine mexicano contemporáneo: el sentido del humor y el acceso genuino a lo popular. Egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica de la UNAM, su primer largo-metraje llamado Conozca la cabeza de Juan Pérez, aspiraba a una difusión comercial amplia y el reconocimiento de un público que quizá sólo concibe ir al cine como una forma de entretenimiento.

Sin embargo, el resultado en taquilla no fue el esperado, en gran medida debido a una campaña mal orquestada y a la ya mencionada voracidad de los exhibidores, quienes expulsan de sus salas a cualquier película que no alcance altos niveles de recaudación en los primeros días de exhibición.

Al respecto, Portes dice “No se cierra el círculo con la exhibición y la recuperación. Eso contribuye al anonimato. De hecho, la cadena está definitivamente rota y no hay recuperación.”

Ahora, con un segundo largometraje titulado Pastorela que sigue los pasos humorísticos y ácidos de su ópera prima, Portes espera mayor efectividad en la distribución y en la afluencia de público. Sin embargo, aun en casos como éste, de una película que busca obtener dinero en la taquilla, persisten las mismas dificultades de producción: “Nunca obtendrás el presupuesto al que aspiras. Nosotros obtuvimos una serie de apoyos, fidecine, isr, pero no es fácil llegar a ellos y estás siempre compitiendo con muchos otros proyectos. Al final sabes que quizá no recuperes la inversión, así que haces lo que haces simplemente porque te gusta. La mayoría de la gente que realiza cine en nuestro país lo está haciendo por gusto, pero prácticamente estás regalando tu tiempo y tu trabajo.”

 

La primera cinta de Emilio Portes, paradójicamente, cuya intención era llegar más allá del circuito de festivales y alejarse de las fórmulas contemplativas de moda en estos certámenes, ha encontrado una segunda vida en ellos. “Ahora la invitan a festivales de terror y fantasía y ahí la ha visto mucha gente. Pero esto de los certámenes de pronto parece que es un complot de los americanos para que haya un cine que gane premios en ellos, estemos contentos y quietecitos, y no pase nada. Relegar al cine y no dejarnos entrar a la industria.” Concluye categórico: “El cine como lo conocemos está desapareciendo; la exhibición teatral, quiero decir. La opciones deben ser otras para que nuestras películas sean vistas.”

MATÍAS MEYER: LOS ÚLTIMOS CRISTEROS

Egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica, Matías Meyer ha logrado hacerse un nombre gracias a dos cortos, dos medios y un largometraje titulado El calambre, un trabajo que, como su más reciente filme, Los últimos cristeros, incursiona en el llamado cine contemplativo o Slow Cinema, una vertiente que goza de enorme aceptación en los festivales y circuitos alternativos. Es innegable que Meyer ha logrado crear en este último trabajo un fresco de enorme belleza visual al reelaborar la experiencia cristera desde una óptica meditabunda que humaniza personajes usualmente satanizados por la Historia; mejor dicho: personajes usualmente relegados por la Historia al abordar el periodo posrevolucionario.

Respecto a cómo logró levantar este proyecto, ciertamente ambicioso por sus recreaciones y la necesidad de desplazarse a locaciones remotas, Meyer dice que hubo de recurrir a “un proceso de financiamiento más clásico, pero similar en parte a mis dos primeras películas, para las que asistí a un financiamiento participativo. Varias personas contribuyeron a cada proyecto invirtiendo dinero, tiempo, talento y servicios. Los más entrones son amigos muy cercanos a los que les gusta hacer cine; compañeros que conocí en la escuela, o en la infancia; cómplices que me animan. Sin embargo, por más pequeña que sea a nivel económico una película siempre está pidiendo dinero en efectivo, así que tuvimos que invertir algunos ahorros.”

En el caso de Los últimos cristeros, lo que Meyer quiere decir cuando se refiere a un financiamiento más clásico es inversión por parte de dependencias oficiales que, en su opinión, “son indispensables; el foprocine, el fidecine y el eficine, y pienso que se deberían de aumentar los presupuestos a esos fondos públicos. Pero cada película tiene su modo único de producción. Por ejemplo, hay empresas que no quieren aportar a una película a través de eficine si no se considera comercial, pero hay otras empresas que sí se animan.”

 

Meyer, sin embargo, difiere del resto de los entrevistados en cuanto a la supuesta ausencia de una industria cinematográfica nacional. “Yo no creo que México sea un país sin industria. Se producen setenta películas al año; hay talento, hay técnicos, hay métodos variados de financiamiento, hay salas de proyección, festivales y público.”
Y en ese sentido tiene algo de razón. Hay una incipiente infraestructura técnica que durante décadas ha estado ausente en la mayor parte de los países de Latinoamérica, y ello hace posible la creación de tantos largometrajes anuales.

NICOLÁS PEREDA: INMOVILIDAD Y EXISTENCIA

Luego de la irrupción de Carlos Reygadas y Amat Escalante en el panorama del cine contemplativo, el siguiente realizador atento a esta línea que logró gran impacto en festivales es Nicolás Pereda quien, con su ópera prima, ¿Dónde están sus historias?, ganó sorpresivamente en el 2007 el Festival de Cine de Morelia. A esa película le han sucedido otros cuatro largometrajes (Perpetuum Mobile y El verano de Goliath, entre ellos) y un corto, proyectos que, a pesar de haber resultado exitosos en festivales y haber ganado múltiples reconocimientos no han tenido, en ningún caso, distribución comercial.

Sin embargo, no podría hablarse de pérdidas, ya que los presupuestos de Pereda han sido particularmente escasos y, en todos los casos, ha echado mano del video digital y se ha limitado a periodos de filmación muy breves (nunca más de dos semanas). Su compañía productora, a manera de aclaración sobre sus métodos de trabajo, lleva por nombre En Chinga Films. “El cine que realizo hasta ahora no es caro. La alternativa de financiamiento ha sido la fortuna de tener amigos talentosos que no me cobran o que cobran muy poco por trabajar conmigo. Para la siguiente película ya conseguimos más lana, así que finalmente les voy a poder pagar dignamente a todos.”

Esta última aseveración de Pereda nos remite directamente al cine de César García en Cuernavaca y, al igual que éste, Nicolás ha comenzado ya a acceder a la posibilidad de contar con fondos provenientes del gobierno y otras instituciones. “Las opciones que existen en México para filmar son infinitas. Tenemos el privilegio de contar con dinero del Estado. Aparte hay fondos internacionales que apoyan constantemente al cine mexicano.” Y deja también clara la necesidad de la existencia de estos fondos: “Quizás el imcine e instancias como el foprocine y el fidecine no sean indispensables, pero vaya que ayudan. Es una bendición hacer cine con plata del Estado.”

Para Nicolás Pereda, quien ha transitado en territorios ajenos a cualquier noción de industria, la necesidad de ésta le parece absurda. “A mí no me interesa que haya una industria cinematográfica. La mayoría de las cosas que me gustan en este mundo no están producidas de manera industrial: la buena comida, los buenos libros, las casas bonitas, etcétera. No veo el beneficio de tener una industria. Hollywoody Bollywood, por ejemplo, hacen casi pura porquería.”

Sobre la vertiente minimalista o contemplativa de gran parte del cine ajeno a los intereses comerciales, Nicolás Pereda dice que no considera que éste haya llegado a un punto de agotamiento o se haya encajonado en fórmulas o clichés. “Hasta ahora no he leído nada serio al respecto. Más allá de discusiones ebrias y comentarios en Internet no creo que se haya discutido el tema de manera adecuada. Estaría bien discutir las películas que nos interesan. No se trata de defender todo lo que no tiene cortes cada dos segundos, sino de ponernos a pensar de manera pública en lo que hacemos. Yo creo que no ha llegado un punto de agotamiento de nada. Creo que sería muy bueno discutir el cine que hacemos.”