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fines de 1994, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes
enfrentó como tarea inmediata la de profundizar los
grandes cambios que su creación, exactamente seis años
atrás, había propuesto en campos muy diversos.
Entre ellos, la definición del papel del Estado en
el desarrollo cultural; su relación con la comunidad
intelectual y artística; la participación de
la sociedad; la colaboración entre los distintos órdenes
de gobierno; la organización y la interrelación
entre las instituciones culturales; y el alcance de los beneficios
sociales de la acción cultural en todas sus vertientes.
El
conaculta, durante sus primeros años de existencia,
había dado importantes pasos en todos estos terrenos.
Uno
de ellos fue la creación de instrumentos y mecanismos
de trabajo con los que nunca antes había contado la
política cultural, como el Fondo Nacional para la Cultura
y las Artes y, subsecuentemente, el Sistema Nacional de Creadores
de Arte, para vigorizar el estímulo a la creación;
el Centro Nacional de las Artes, para fomentar el desarrollo
y la actualización de la educación artística
en el ámbito nacional; el Canal 22 de televisión,
para aprovechar la capacidad de los medios audiovisuales de
comunicación en la difusión cultural; y el Fondo
Nacional Arqueológico, para impulsar proyectos de gran
magnitud en el campo de la preservación del patrimonio
cultural.
Otras
de las medidas tomadas habían sido la consolidación,
la renovación o el crecimiento de las instituciones,
la infraestructura y los programas culturales anteriores al
establecimiento del conaculta y puestos a partir de 1988 bajo
su responsabilidad y coordinación.
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