
Los olores y sabores de estos caminos cabalgados por Hidalgo y otros insurgentes destacan por las casonas y cascos de las haciendas coloniales donde comían las clases altas y medias de la sociedad virreinal; la gran Alhóndiga de Granaditas donde se conservaba el grano; los fogones y huertos de conventos de frailes y monjas; y las “lorenas” (estufas construidas de lodo y arena ) de humo de las indígenas de Michoacán.
En los campos áridos y semiáridos el paisaje lo decoran las cactáceas y sus derivados nutritivos y aguardentosos como el tequila, el pulque y el mezcal. El maíz y el chile están presentes en los tamales, las tortillas, los pozoles y los moles de olla. Hay innumerables huertos de fresas, zarzamoras, aguacates, trigo, cebada y otros granos.
La minería y la ganadería enriquecieron a quienes fueron encomendadas estas tierras. Encontramos vajillas de mayólica, cubiertos de plata, vasos y jarras de vidrio soplado, mantelería de deshilados y punto de cruz. La influencia española puede verse en las natillas y el rompope. En cuanto a dulces hay nueces, almendras y pistaches, heredados de Al-Ándalus. Hay una importante tradición en vinos, embutidos y quesos que sólo acostumbraban comer los extranjeros.
En la comida de esta ruta saboreamos la riqueza de “lo mexicano” que se gestaba a principios del s. XIX: las enchiladas mineras y placeras; las tortas ahogadas, la birria, el puchero, la capirotada y el tequila, además del mezcal, hoy en día tan popular entre los paladares mexicanos.